Ser cuidadora de niños Santiago es mucho más que un trabajo; es una aventura diaria llena de risas, descubrimientos y, por qué no decirlo, algún que otro reto. Cada día es diferente, y esa es precisamente una de las cosas que más me gustan de esta profesión.
Mi jornada suele comenzar temprano, recogiendo a los niños en el colegio o preparándoles el desayuno. En Santiago, con su ambiente familiar y tranquilo, me siento como en casa. Los niños son curiosos y llenos de energía, y me encanta ver cómo aprenden y crecen.
Una de mis tareas favoritas es organizar actividades para ellos. Me gusta llevarlos a los parques de la ciudad, donde pueden correr y jugar al aire libre. También organizamos sesiones de manualidades, juegos de mesa y lectura de cuentos. Me encanta ver sus caras de asombro cuando descubren algo nuevo o cuando se ríen a carcajadas con mis historias.
Pero no todo es diversión. También hay momentos de responsabilidad, como ayudarles con los deberes, prepararles la comida o asegurarme de que se laven los dientes. Me gusta inculcarles buenos hábitos y valores, y ser un ejemplo para ellos.
En Santiago, las familias suelen ser muy agradecidas y cercanas. Me siento parte de sus vidas, y me encanta ver cómo los niños me reciben con una sonrisa cada día. Los padres confían en mí, y eso me llena de orgullo y satisfacción.
Claro que también hay momentos difíciles. A veces, los niños se portan mal o tienen rabietas. En esos momentos, intento mantener la calma y utilizar el sentido común. La paciencia y el cariño son mis mejores herramientas.
Trabajar como cuidadora en Santiago me ha enseñado mucho sobre la importancia de la paciencia, la creatividad y el amor incondicional. Me siento afortunada de poder dedicarme a lo que me gusta, y de poder contribuir al bienestar de los niños.