Cuando vuelves a casa después de varios años uno siempre se encuentra con muchas sorpresas: locales que han abierto, bares míticos que han cerrado y amigos de toda la vida que han dado un giro radical a su trabajo. Es el caso de Luis, al que yo siempre conocí detrás de la barra de uno de los bares más populares de la ciudad, que cansado de la noche decidió sacar partido a su otra afición: la cocina.

Es cierto que dar el salto de un bar de copas a un restaurante no es tan grande, pero se nota. Cuando, de casualidad, lo vi fuera de su nuevo local colocando la pizarra del menú no me lo podía creer. Sabía que había cerrado hacía un par de años su bar nocturno. Él me confirmó cuando entré a comer (había que probar su mercancía, por supuesto), que tuvo que echar el cierre porque tenía muchas pérdidas, simple y llanamente.

Así que se pasó un año dando forma a su siguiente proyecto: un pequeño restaurante casi al lado de su antiguo bar, entregado a la cocina de autor con toque asturiano, que para eso estamos en Asturias, claro… Como era muy temprano, no había clientes y me pasó a la cocina donde vi su materia prima: desde el mejor pulpo, a filetones de ternera esperando su momento para convertirse en cachopos, pasando por su querida mantequilla asturiana.

Me comentó que, por el momento, le iba muy bien y que creía haber acertado con el cambio. Nuestra generación sale menos a beber y más a comer y muchos viejos amigos de la zona sirvieron de reclamo para que en las primeras semanas se acercara mucha gente a comer. Por supuesto, no solo vale con tener muchos amigos, la comida debe estar bien, pero es un comienzo.

Me dijo que me quedara a comer y aunque era muy temprano no pude negarme. Eso sí tomé algo ligerito, un sencillo plato de influencia oriental cuyo nombre no recuerdo aunque sí sé que llevaba oricio y una salsa deliciosa con mantequilla asturiana y wasabi, un cruce de locura pero con un sabor delicioso.