La conocí en un curso y nos entendimos bien desde el principio. Aunque tiene bastantes más años que yo, eso no impidió que tuviésemos una opinión común sobre muchos temas además de unos intereses culturales bastante parejos. Cuando aquel curso terminó, mantuvimos el contacto a través de correo electrónico, pero apenas nos volvimos a ver.

Un tiempo más tarde me enteré. Fue a través de un email que envió a algunos amigos: padecía cáncer de colon. Cuando te enteras de la enfermedad de un familiar no muy cercano o de un amigo que ya no sueles ver, la reacción emocional es muy extraña, al menos la que yo tuve. Apenas conocía a nadie que hubiese tenido esa enfermedad y no sabía muy bien que debía decir. Así que durante un tiempo me mantuve al margen.

Fue a través de un amigo común que supe que quería que pasara a visitarla. Cuando fui a su casa, entré avergonzado por no haber querido saber mucho del asunto, pero rápidamente esa sensación terminó cuando ella tomó las riendas de la conversación. A los cinco minutos me sentí otra vez como en aquel curso, hablando con una amiga, no con una enferma. Al final de la visita hablamos directamente de la enfermedad y ella lo hizo sin tapujos. Me dijo que estaba planteándose participar en un ensayo cancer de colon. En ese momento, por primera vez, la noté que perdía un poco la compostura, y nos abrazamos. Era mi amiga, sí, pero era mi amiga enferma…

Desde aquel día nuestros encuentros han sido mucho más habituales. Para mí ha sido todo un aprendizaje. Sé que en primera instancia no actúe de forma muy correcta, pero sobre todo me ha servido para aceptar la enfermedad: mirar para otro lado no soluciona los problemas de este mundo.

Al final, decidió participar en el ensayo cancer de colon y la veo más esperanzada. Aunque todavía es pronto para sacar conclusiones, parece que la evolución es buena. En un principio, le habían alertado de que el tratamiento experimental podía tener sus riesgos pero, al menos de momento, va todo bien.