El turismo de ferries se encuentra al alza. Esta forma de viajar proporciona flexibilidad, un mayor contacto con la naturaleza y una sostenibilidad superior a los trenes y otros medios de transporte. Como en cualquier otro servicio, la reserva anticipada de billetes de barco permite acceder a ofertas y descuentos, siendo una medida de defensa contra los picos en la demanda de última hora que puedan dejar al viajero en tierra.

Además de tramitar la reserva con semanas de antelación, es recomendable el uso de comparadores de precios, tanto genéricos como especializados, como Direct Ferries, Rastreator o Clickferry. Estas plataformas ayudan a formarse una idea del precio medio del viaje y de los servicios y complementos que cabe esperar.

Llegar quince minutos antes de la salida es aceptable al volar en avión, no al embarcar en ferry. Una hora es el mínimo dependiendo de la ruta y del operador. En el caso de desplazarse en vehículo propio, un extra de treinta o sesenta minutos será necesario para ordenar el papeleo, embarcar el coche, furgoneta o motocicleta, etcétera. Realizar el check-in en línea no es una garantía en caso de acudir con el tiempo justo.

El listado de navieras disponibles que operan ferries es amplia y diversa, por lo que es aconsejable dedicar unos minutos a estudiar las mejores opciones. Cuando se decide viajar con animales de compañía, además, no todos los operadores son pet-friendly ni disponen de camarotes acondicionados para el transporte de perros y gatos. Informarse previamente puede evitar conflictos a bordo relacionados el embarque de mascotas.

En los ferries medianos y pequeños, los mareos están a la orden del día entre los viajeros poco acostumbrados al mar. Además de paliar los síntomas con fármacos basados en el dimenhidrinato o la meclozina, se recomienda guardar la calma en todo momento. Distraerse con pasatiempos y ocio offline (música, libros, etcétera) permite sobrellevar este problema en ciertos casos.

Son las diez de la mañana de un viernes de julio en Santiago. El aire es fresco, el sol se abre paso entre las nubes y la ciudad empieza a bullir con su mezcla de peregrinos y locales. Acabo de tomar un café cerca de la Praza Roxa y vuelvo a casa. Meto la mano en el bolsillo para coger las llaves y siento ese vacío helado que te paraliza el corazón. Segundo bolsillo. Nada. La mochila. Tampoco. El pánico inicial es inevitable. De repente, la puerta de mi propio edificio en el Ensanche se convierte en una muralla infranqueable.

El primer impulso es la frustración. Repasas mentalmente tus últimos movimientos una y otra vez. ¿Se cayeron en la cafetería? ¿Las dejé sobre el mostrador de la panadería? Pero la realidad es la que es: estoy en la calle y todas mis cosas, mi vida, están al otro lado de esa puerta.

Tras unos minutos de autocompasión en el escalón del portal, respiro hondo. El pánico no abre puertas. Saco el móvil, mi única herramienta ahora mismo. La búsqueda es clara: «cerrajero urgente Santiago de Compostela». La pantalla se inunda de anuncios prometiendo servicio 24 horas. Aquí viene el primer consejo de oro que aprendí ese día: calma y compara. No llames al primer número que veas. Las estafas están a la orden del día.

Llamé a tres sitios distintos. Mi guión era siempre el mismo y es crucial ser claro: «Buenos días. He perdido las llaves, no están puestas por dentro. Es una puerta normal, no blindada. ¿Me podríais dar un presupuesto cerrado para una apertura en horario laboral?». Los precios variaban sorprendentemente. Me decanté por el que me dio un precio fijo y sonaba más profesional.

Mientras esperaba, aproveché para revisar la póliza de mi seguro de hogar en el móvil. ¡Bingo! Mi cobertura incluía servicio de cerrajería de emergencia hasta un límite. Una pequeña victoria en medio del caos.

El cerrajero llegó en veinte minutos. Antes de tocar la cerradura, me pidió el DNI para comprobar que la dirección coincidía con la del piso, un gesto que me dio confianza. En menos de cinco minutos, con una especie de radiografía plástica, la puerta estaba abierta. El alivio fue inmenso, por fin había conseguido abrir puerta en Santiago. Como las llaves estaban perdidas y no simplemente olvidadas dentro, decidí por seguridad cambiar el bombín. Fue un coste extra, pero la tranquilidad no tiene precio.

La factura final, aunque un golpe, fue mucho menor de lo que mi pánico inicial imaginaba. La lección, sin embargo, fue carísima y clara: un juego de llaves de repuesto en casa de un amigo o familiar en la misma ciudad es el mejor seguro que puedes tener.

Quizás piensas en mar, perceberos arriesgando el tipo entre las olas y tapas de pulpo al escuchar “Ribeira”, pero hay otra razón más para sonreír en esta localidad gallega: la implantología en Ribeira está revolucionando el modo en el que las personas recuperan la confianza en sí mismas tras perder uno o varios dientes. Se ha abierto paso, como quien asalta la lonja a primera hora, la certeza de que reír y morder una empanada sin miedo no es privilegio de unos pocos afortunados, sino una posibilidad real gracias a los avances odontológicos. Porque seamos honestos: un huequito entre dientes tendrá su punto entrañable en los niños, pero en adultos, y especialmente en las sobremesas familiares, puede quitar un poco el apetito o la inspiración a la hora de atacar un churrasco.

La idea de enfrentarse a un sillón de dentista sigue generando relatos de terror y confesiones de valientes que se atreven a todo menos a abrir la boca en la consulta, pero lo cierto es que lo que antes era una especie de rito de iniciación doloroso ahora es casi un paseo. Los materiales y técnicas han cambiado tanto como las cartas de los restaurantes desde que descubrieron el gluten free. Actualmente, la precisión es tan alta que casi puede uno sentirse como un “cyborg” con piezas a medida, solo que mucho más discreto y sin necesidad de cargar el móvil por las noches.

Si te preguntas cómo es posible que la implantología en Ribeira esté de moda, hay que mirar de cerca el gran salto de calidad que supone dejar atrás prótesis incómodas y resbaladizas, esas que convertían una cena de Navidad en una comedia involuntaria. Los implantes ofrecen soluciones fijas, duraderas y adaptadas individualmente, lo que significa que ni el percebe más correoso será reto suficiente para un mordisco renovado. No es solo cuestión de estética, aunque quién no quiere verse bien en la próxima foto de grupo, sino de salud, de cuidarse sin renunciar a los placeres sencillos que da la vida en Galicia.

El miedo a sentirse diferente o a que la gente note tu “reemplazo dental” ha quedado, sinceramente, bastante demodé. Aquí el arte está en el detalle: la tecnología permite que los nuevos dientes se mimeticen con los demás hasta el punto de que sólo tu dentista (o tu abuela con lupa) sabrá el secreto. Incluso el proceso de colocación, con tiempos mucho más breves y molestias mucho menores, hace que la excusa de “no tengo tiempo” suene tan válida como aplazar la cita por si llueve (en Galicia, vaya). Cada vez son más quienes se animan a dar el paso y descubren que, donde antes había un hueco incómodo, ahora hay motivo para una carcajada de esas que contagian.

Dicen que una sonrisa sincera puede cambiar el día de una persona, pero tener la tranquilidad de que nada se va a mover, caer o chirriar cuando lo hagas, es impagable. Y lo mejor es que no hay edad máxima para dar el salto: tanto si algún marisco conoció la gloria de tus dientes en su día como si una caída inoportuna fue la responsable de algún despiste dental, las soluciones personalizadas eliminan barreras. La galleguidad, con su admirable capacidad para celebrar tanto la lluvia como el sol, también se aprecia en la disposición a abrazar lo nuevo que funciona y aporta calidad de vida. Donde antes imperaba la resignación, hoy hay una alternativa descrita por quienes la han probado casi como una pequeña “revolución personal”.

Podría seguir hablando de estadísticas y de estudios clínicos, pero si algo convence de verdad es la cantidad de historias reales que empiezan con un poco de inseguridad y terminan con una sobremesa animada, risas fuertes y hasta algún que otro chiste sobre lo bien que suenan las “eses” cuando se pronuncian con todas las piezas en su sitio. Soluciones hay, y en Ribeira además llevan el sello de la cercanía, con profesionales que saben que la confianza se gana no solo con técnica, sino también tratando a cada paciente como parte de la familia, esa que no te juzga si antes te daba corte sonreír. Así, el viaje hacia una boca sana, funcional y bonita se convierte en una historia que, una vez empiezas, te preguntas por qué no lo has hecho antes.

La playa de La Lanzada. Situada entre O Grove y Sanxenxo es, posiblemente, la más famosa de las Rías Baixas. Con dos kilómetros y medio de longitud, tiene una gran capacidad, lo que permite que, pese a ser destino de cientos y cientos de personas en verano, pueda acoger a todo el mundo sin problema. Además, está unida a otras dos playas por lo cual, su longitud total es todavía mayor. Ubicada en un entorno protegido que está dentro de la Red Natura 2000, lo que hace que todavía sea más idílica. Desde ella se puede ver Ons.

La playa de Rodas. Si hablamos de playas idílicas tenemos que nombrar Rodas en las islas Cíes. A ellas solo se puede acudir en barco, con las rutas de mar de ons cíes. El gran arenal une dos de las islas y está considerada una de las playas más bonitas del mundo, al estar al igual que la anterior, en un espacio protegido. No es la única playa de las islas, pero sí la más famosa y la que todo el mundo conoce a través de fotos y postales. Si se acude a las Rías Baixas de vacaciones, es imprescindible coger el barco para pasar un día en este arenal tan bonito.

La playa del Silgar. La playa más importante de Sanxenxo a la que acuden cientos de personas durante los meses de julio y agosto, la temporada alta de la zona. A un paso de diferentes hoteles en los que poder hospedarse y con todo tipo de servicios muy cercanos, es la playa familiar por excelencia, aunque también encontrarás a muchas pandillas de jóvenes.  Cuenta con todas las ventajas y los inconvenientes de ser una playa urbana, cerca de todo, pero también muy masificada en ocasiones, lo que no le resta encanto.

La playa de Arealonga. Su situación es excepcional ya que está en plena Ría de Arousa y, además, pegada al Castro de Baroña, el mejor conservado de toda Galicia. Es una playa que está inmersa en la naturaleza, ya que para acceder tendrás que recorrer un empinado camino. No hay baños, no hay duchas y no hay chiringuitos a pie de arena. Pero es un lugar mágico que te enamorará al igual que lo hizo con nuestros antepasados, que decidieron que era el mejor lugar para instalarse a vivir.