A primera hora, el puerto de Baiona huele a café recién molido y a sal, con gaviotas que patrullan el cielo como si fuesen controladores aéreos de pico afilado. En el muelle, una hilera de viajeros mezcla mochilas con toallas y esa sonrisa de “hoy toca mar”, porque decir baiona islas cíes es más que una búsqueda en el móvil: es un acuerdo tácito con el Atlántico para tomarse el día con calma y llegar a uno de esos lugares donde el horizonte parece una línea dibujada a regla.

La escena tiene su propio ritmo. Se embarca sin laberintos, a dos pasos del casco histórico y de un paseo marítimo que aún bosteza. El sonido grave de la bocina marca el inicio y, de pronto, la ría se convierte en carretera líquida. El viaje es breve, lo justo para soltar el ancla mental y dejar que el vaivén funcione como un masaje que no cobra propina. Bajo la mirada pétrea de fortalezas y con la silueta de las islas creciendo como una promesa, la travesía discurre a resguardo, sin el dramatismo cinematográfico de las olas altisonantes. A bordo, bancos cómodos, cubierta para quien quiera ese pellizco de brisa en la cara y el ritual de contar veleros que se cruzan a babor y estribor, mientras alguna gaviota te mira la empanada con interés académico.

Conviene saber —y aquí el dato es rey— que para poner un pie en el archipiélago, en temporada alta, hace falta autorización previa de la administración autonómica. Es un trámite sencillo que se hace en línea: se solicita el permiso y, con el código en la mano, se compra el billete del barco. Cambia la logística y cambia el chip; el parque nacional no es una playa urbana, es un espacio protegido con cupos diarios para que la postal no se convierta en una feria. El personal de a bordo suele recordarlo con ese tono de quien ya ha visto de todo: llevar de vuelta la basura, no alimentar a las aves, respetar pasarelas y señalética. También hay normas claras sobre mascotas: solo se admiten perros de asistencia, lo cual evita malentendidos que después se traducen en carreras hacia el muelle.

¿Por qué salir desde aquí? Por simple ecuación de tiempo y comodidad. El embarque en Baiona reduce transbordos, esquiva aglomeraciones de ciudad grande y permite estirar la mañana con un paseo previo entre murallas, barcos clásicos y terrazas que huelen a pulpo. Las familias agradecen las rampas anchas y el personal que guía el flujo con oficio; quienes se marean, la corta travesía; y los que abrevan de eficiencia, el hecho de que en lo que tardas en decidir si crema solar o gorra, ya estás asomando a aguas transparentes. Si el viento sopla alegre, los marineros reparten consejos con el mismo tacto con el que un buen camarero te sugiere el vino. Si el mar está plano, la sensación es la de un tranvía azul que avanza sin prisas.

El recibimiento en la orilla confirma el porqué de tanto celo conservacionista. La arena blanca, tan fina que amenaza con instalarse en tus recuerdos, las pasarelas de madera que protegen las dunas y ese anfiteatro natural donde los pinos dialogan con el rumor del oleaje construyen una estampa que resiste filtros y hashtags. El agua, cristalina y fresca como una verdad, obliga a nadar con brío breve pero recompensa con una nitidez casi mediterránea. Para quienes prefieren andar, las rutas señalizadas llevan a miradores donde el faro se convierte en actor principal y el Atlántico, en banda sonora. El consejo de veterano cabe en un bolsillo: capa ligera, porque el sol y el viento bailan juntos y a ratos te recuerda que estás en Galicia; protector solar generoso, gafas que no lloren sal y una bolsa estanca para el móvil si tu relación con las olas es emocional pero torpe.

El parque es amable con quien viaja con intención y sin prisa. Hay un camping oficial para pasar la noche, con plazas limitadas que exigen reservar sin dejarlo a la inspiración del atardecer. Quedarse es otra liga: cuando cae el día y los barcos regresan, se deshace el murmullo y aparece el repertorio íntimo de estrellas, un lujo que la ciudad olvida entre farolas. Quien opta por ir y volver en la jornada descubre la liturgia del reloj: calcular qué playa antes, qué sendero después y de qué muelle sale el último regreso. No es estrés; es ese juego leve de ordenar placeres para que quepan sin forzar.

Sobre la intendencia, el archipiélago tiene servicios estacionales que alivian el antojo, pero la mejor jugada sigue siendo llevar agua y algo de comer como si la cesta del picnic fuese tu seguro de tranquilidad. Mantenerse dentro de las normas —nada de fuegos, nada de vidrio, nada de improvisaciones que hieren al paisaje— no es un sacrificio, es el precio justo de que el escenario se conserve. Y si la gaviota te mira con diplomacia el bocadillo, recuerda que la negociación está perdida de antemano; el mejor trato es observarla a distancia y conservar tu almuerzo con elegancia.

La vuelta por la tarde tiene su propio guión: ese momento en que te sacudes la arena de los tobillos y, ya instalado a bordo, miras atrás con un poco de envidia de ti mismo por haber sido tan sensato. La luz baja regala fotografías mentales de barcos recortados y espuma breve, mientras la costa crece y el muelle recupera su ajetreo. A dos pasos, las mesas de Baiona despliegan pulpo a feira, mariscos que no necesitan presentación y vinos que se llevan bien con la salinidad de la piel. Es aquí donde el viaje se cierra sin ceremonia, con la satisfacción de haber elegido un trayecto donde la logística no roba minutos a la experiencia, donde el movimiento entre costa e islas se convierte en parte de la historia y donde el recuerdo que te llevas no es de colas ni esperas, sino del rumor constante de una ría que sabe guiar sin alardes

La playa de La Lanzada. Situada entre O Grove y Sanxenxo es, posiblemente, la más famosa de las Rías Baixas. Con dos kilómetros y medio de longitud, tiene una gran capacidad, lo que permite que, pese a ser destino de cientos y cientos de personas en verano, pueda acoger a todo el mundo sin problema. Además, está unida a otras dos playas por lo cual, su longitud total es todavía mayor. Ubicada en un entorno protegido que está dentro de la Red Natura 2000, lo que hace que todavía sea más idílica. Desde ella se puede ver Ons.

La playa de Rodas. Si hablamos de playas idílicas tenemos que nombrar Rodas en las islas Cíes. A ellas solo se puede acudir en barco, con las rutas de mar de ons cíes. El gran arenal une dos de las islas y está considerada una de las playas más bonitas del mundo, al estar al igual que la anterior, en un espacio protegido. No es la única playa de las islas, pero sí la más famosa y la que todo el mundo conoce a través de fotos y postales. Si se acude a las Rías Baixas de vacaciones, es imprescindible coger el barco para pasar un día en este arenal tan bonito.

La playa del Silgar. La playa más importante de Sanxenxo a la que acuden cientos de personas durante los meses de julio y agosto, la temporada alta de la zona. A un paso de diferentes hoteles en los que poder hospedarse y con todo tipo de servicios muy cercanos, es la playa familiar por excelencia, aunque también encontrarás a muchas pandillas de jóvenes.  Cuenta con todas las ventajas y los inconvenientes de ser una playa urbana, cerca de todo, pero también muy masificada en ocasiones, lo que no le resta encanto.

La playa de Arealonga. Su situación es excepcional ya que está en plena Ría de Arousa y, además, pegada al Castro de Baroña, el mejor conservado de toda Galicia. Es una playa que está inmersa en la naturaleza, ya que para acceder tendrás que recorrer un empinado camino. No hay baños, no hay duchas y no hay chiringuitos a pie de arena. Pero es un lugar mágico que te enamorará al igual que lo hizo con nuestros antepasados, que decidieron que era el mejor lugar para instalarse a vivir.

De todos sus enclaves turísticos, Portonovo pasa por ser el más pintoresco y marinero del municipio de Sanxenxo. En este destino de la Ría de Pontevedra se dan cita miradores como el de Peixeira, capillas como la de Santa Catalina y arenales como el de Baltar o Caneliñas, sin olvidar su proximidad con las Islas Atlánticas. De hecho, son muchos los viajeros que reservan billetes en barco de portonovo a cíes u Ons antes incluso de obtener alojamiento en esta localidad.

Estos destinos del Parque Nacional de las Islas Atlánticas se sitúan a pocas millas náuticas de Portonovo y pueden visitarse en una misma jornada con la autorización correspondiente. De vuelta a la Península, uno de los suvenires más buscados en hacerse una fotografía o selfie en el mirador da Peixeira, que ocupa parte de la avenida principal del municipio.

Pasear por el puerto deportivo de Portonovo es otra de las actividades más populares entre los turistas. Se extiende seiscientos metros junto a la playa de Baltar y acoge numerosos restaurantes, amén del Club Náutico y el Muelle do Chasco, otro lugar idóneo para inmortalizar la escapada con una fotografía.

Esculturas hay muchas en Portonovo, pero dos sobresalen en particular: el Monumento al Marinero y A Peixeira. Se alzan en la rotonda del puerto y en el mirador da Peixeira, respectivamente, sirviendo de homenaje a las gentes de mar de esta villa costera.

En Portonovo también hay sitio para edificios de época dieciochesca, y uno de los más vistosos es la capilla de Santa Catalina. Los meses de agosto y noviembre son los idóneos para descubrirla, por acoger procesiones y celebraciones en el marco de las fiestas de San Roque y de Santa Catalina de Alejandría.

El turismo de sol y playa tampoco decepciona en esta localidad. Caneliñas y Baltar son arenales con Bandera Azul que nada tienen que envidiar a los más afamados de su provincia.

1- Los cañones del Sil: Una maravilla de la naturaleza que ya admiraban en la Edad Media. Cuenta con monasterios de varios siglos de antigüedad, alguno perfectamente restaurado y donde es posible alojarse. Además, se pueden recorrer las aguas del Sil en barco a lo largo de los cañones.

2- Las Cíes y la illa de ons: Estas islas están dentro de un enclave protegido que hace que sigan manteniendo todo su encanto a pesar de ser destino turístico durante muchas décadas ya. El número de visitantes está tasado y esto ayuda a que la experiencia sea mucho mejor. Ons es la única isla no unida a la tierra por un puente que permanece habitada durante todo el año en Galicia. Las Cíes ya no están habitadas, pero en verano son las que reciben más visitas por sus playas.

3- Fisterra y el resto de la Costa da Morte: Una zona de la costa gallega que hay que ver porque la belleza de su paisaje no tiene igual. La leyenda dice que los antiguos romanos consideraban que ahí estaba el fin del mundo, ya que no conocían otras tierras más allá del Atlántico. Hoy sabemos que no es así, pero es fácil imaginarse eso cuando vemos las olas batir contra la costa un día de temporal. Fisterra y los pueblos de la zona son lugares llenos de encanto, la mayoría de pequeño tamaño y no excesivamente masificados, aunque poco a poco se están convirtiendo en referencia para quienes buscan un turismo diferente.

4- Os Ancares: es una de las zonas de montaña más bonitas de Galicia. Allí parece que el tiempo se haya detenido y se pueden ver casas de más de un siglo, realizadas en piedra típica de la zona. Existen muchas rutas de senderismo y es un lugar perfecto para disfrutar de paseos, fotografías o para relajarse unos días alquilando una de estas viviendas rehabilitadas que funcionan como alojamientos turísticos.

5- La Playa de las Catedrales: es un lugar de gran belleza por las formas que el agua, el viento y la arena han ido dibujando en las rocas. Se han creado cuevas naturales y pasillos que resultan muy bonitos de ver y que le dan a esta playa una gran originalidad. La erosión ha resultado ser una gran artista natural y por ese motivo, visitar esta playa es obligado en Galicia.

El municipio de moaña vigo se ubica al sur de Morrazo, comarca pontevedresa que ha acogido el asentamiento de múltiples poblaciones a lo largo de la historia. Su legado está presente en numerosos puntos de interés de esta localidad, siendo El Dolmen uno de los más singulares.

 

Este vestigio megalítico, también conocido como Mámoa o Medoña, corona el punto más elevado de Monte Faro y se compone de once piedras verticales, envueltas en una arboleda de especies caducifolias. Se le atribuye una antigüedad superior a cinco mil años, hecho que sorprende a la vista de su estado de conservación. Está considerado como uno de los dólmenes más importantes de Galicia.

 

Sin abandonar esta elevación, los viajeros encontrarán en Monte Faro otros enclaves de interés turístico, como el resto del parque Chan da Arquiña. La altitud de dicho monte, situado a más de 600 metros sobre el nivel del mar, proporciona una panorámica de ensueño del puente de Rande, la ría de Vigo y otras localizaciones.

 

Las cascadas de Poza da Moura son el escenario de numerosas excursiones campestres. Esta parada obligada para los amantes de la naturaleza contiene asimismo incontables pozas y molinos de agua, restaurados para deleite del público visitante.

 

La oferta de playas de Moaña demuestra que la costa gallega no cautiva únicamente por sus acantilados y horizontes sin límite. Buenos ejemplos son los arenales de do Con, do Molle, A Borna, A Xunqueira y A Videira.

 

La mayoría de estas playas se ubican a sólo unos metros del Puerto Deportivo de Moaña, uno de los tres puertos de su género existentes aquí, de interés para quienes deseen conocer de primera mano el eje económico de este municipio tan marinero. Además de la pesca y sus derivados, la agricultura y la ganadería conforman el motor económico de Moaña, con el permiso de un creciente sector turístico.

Las Islas Cíes son maravillosas en cualquier época del año y el mejor mes para visitarlas dependerá de qué es lo que se busca en ellas. Porque la oferta de estas islas no se limita a la playa. 

Visitar las islas cies en octubre o en mayo aporta una visión diferente de este lugar. En estos meses las temperaturas son agradables pero seguramente no lo suficiente como para disfrutar de la playa o bañarse en el mar. Sin embargo, son temperaturas perfectas para realizar las rutas de senderismo que atraviesan las islas. 

Sin el calor del verano, caminar es mucho más fácil. En mayo se puede aprovechar la maravillosa luz de la primavera, que permite unas vistas desde los miradores totalmente resplandecientes. En octubre, el otoño ya ha hecho su aparición en la isla y los colores dorados de esta época del año le dan un aire romántico muy agradable. 

Por tanto, si tienes ganas de caminar a tope, respirar aire puro y disfrutar de la naturaleza durante todo el día, estos meses son los más indicados para acudir a este paraíso tan cerca de la tierra.

Pero si tu idea es vivir la experiencia de las Cíes de una forma mucho más intensa, quedándote al menos una o dos noches para poder ver la puesta de sol, el amanecer y también el cielo estrellado libre de contaminación lumínica, entonces el mejor momento para acudir es en junio, julio o agosto. 

Es cierto que es una época de gran afluencia de gente pero hay que tener en cuenta que el número de visitantes está limitado y que, por tanto, nunca vas a encontrar aglomeraciones como las que se ven en otras zonas de turismo. 

Es conveniente reservar con tiempo plaza en el camping ya que está tan solicitado que hay quienes hacen reservas con meses de antelación e incluso quienes reservan de un año para otro para asegurarse las fechas. Entre todos estos meses, junio es el que tiene un poco menos de demanda, especialmente en su primera quincena.

Y si tu idea es vivir la experiencia de las Cíes casi en solitario, entonces anímate a una excursión en invierno. Como la reserva no es tan imprescindible porque no hay demanda como en la temporada alta, puedes esperar hasta asegurarte de que no lloverá y podrás disfrutar del paseo y de una visión distinta del lugar.

Nunca nos gustó la forma tradicional de viajar ni las rutas sencillas. No somos de guías ni de hoteles, nos encanta el contacto con la naturaleza y con los locales. Se podría decir que somos un poco ‘mochileros’, pero sin llegar a pasar mucho tiempo fuera de casa por nuestras obligaciones laborales. Aunque en alguna ocasión se nos pasó por la cabeza eso de ‘dejarlo todo’ y pasar una temporada viajando, siempre hay una especie de sexto sentido que nos dice que eso es un riesgo excesivo.

Pero en los últimos tiempos hemos descubierto una forma de viajar que, de alguna forma, sacia nuestro deseo de aventura sin tener que renunciar a todo: los campings. Debido a que nuestros primeros viajes eran mucho más lejos que ahora, no solíamos ir de camping porque tampoco nos sentíamos cómodos, pero desde hace un tiempo hemos decidido ir a sitios cercanos para que nuestra huella ecológica sea menor. Y el camping se ha mostrado como el turismo de proximidad más natural.

En unos días nos iremos a acampar islas cies. Y será nuestra segunda vez. Teníamos las Cíes rodeadas con rotulador rojo en el mapa desde hacía tiempo, pero queríamos dejarlo para una ocasión especial porque sabíamos que estas islas no son como cualquier otra. Es verdad que mirando fotos de cualquier destino siempre apetece ir, pero lo de las Cíes se adaptaba perfectamente a nuestro estilo de viaje. Un enclave natural muy cuidado y protegido y sin hoteles. Solo un lugar para acampar.

Fuimos para un aniversario y quedamos extasiados. Como la única manera de pernoctar en las islas es un camping, fue aquella vez la primera que pasamos en una tienda de campaña. Y nos encantó el plan. Desde aquel día nos dijimos que comenzaríamos a probar en campings siempre que en nuestro destino hubiera alguno cercano.

Es cierto que no es la forma más fácil ni cómoda de viajar, pero sí una de las más baratas y sostenibles. Probad a acampar islas cíes y luego nos contáis. En unos días nosotros volveremos a este paraíso para pasar otra semana de aniversario.

Siempre me han dicho que desde pequeña ya mostraba mucho interés en la fotografía, que me llamaba mucho la atención el proceso de fijar una imagen en un soporte. Antes de que empezaran a extenderse las cámaras en los móviles ya me compraron mi primera réflex. Y desde entonces no he parado de sacar fotos, pero no fue hasta hace unos años cuando me planteé que podía ser mi profesión. Como las cosas no iban muy bien por otros caminos aposté fuerte por ello y fue así como llegó mi primer encargo serio, un reportaje especial sobre las islas Cíes.

Lo que a mí más me gustaba al principio era la foto de paisaje y de naturaleza, pero mis primeros trabajos fueron en retrato. Con la moda de las redes sociales, sobre todo el caso de Instagram, conseguí algunas colaboraciones de fotografía bastante rentables. Pero yo aspiraba algo más y así me subí al barco portonovo cies. Era la primera vez que tenía que hacer un reportaje exclusivo de fotografía de paisaje. Las fotos iban a ser publicadas, en principio, tanto en una revista como en un catálogo de una agencia de viajes. 

Había un ‘pequeño’ problema y es que yo no conocía las Cíes, aunque había oído hablar muy bien de ellas. El hecho de no haber estado nunca en estas islas podría ser un hándicap ya que me tocaría estar más tiempo buscando buenos encuadres tratando de ofrecer algo diferente a lo que ya había visto. También me había asegurado de que el día de tomar el barco portonovo cíes íbamos a tener una buena meteorología, porque una de las peticiones indispensables del cliente era que hiciera buen tiempo, con el menor rastro de nubes posible. Desde luego que las Cíes no son las Canarias, así que había que tener cuidado con esto.

Pero, aunque estaba un poco nerviosa cuando puse por primera vez mis pies en las islas, el entorno me fascinó y supe de inmediato que iba a hacer un buen reportaje. Además, el tiempo acompañó tal y como estaba previsto y mis fotos fueron publicadas. Mi primer reportaje de éxito.