Santiago de Compostela no duerme como otras ciudades; Santiago respira con un jadeo húmedo, envuelta en esa «morriña» que se pega a los huesos. Trabajo en una farmacia 24 horas Santiago de Compostela, y mi turno comienza cuando el resto del mundo recoge sus bártulos. Cruzar el umbral bajo la cruz verde, cuyo brillo rebota en el granito mojado de la acera, es entrar en un microcosmos de urgencias, miedos y pequeñas victorias.

Ser farmacéutico nocturno en la capital gallega es ser un poco psicólogo, un poco centinela y un mucho confidente. A las dos de la mañana, el perfil del cliente cambia. Ya no es el vecino que busca su crema hidratante, sino el padre primerizo con los ojos inyectados en sangre buscando desesperadamente algo para los cólicos de un bebé que no deja de llorar. En sus manos temblorosas veo el reflejo de la vulnerabilidad humana. Lo calmo, le explico la dosificación con voz pausada y, por un momento, la farmacia es el único lugar seguro en toda la ciudad.

Luego están los estudiantes, esa marea incombustible que habita el Ensanche. Aparecen buscando paracetamol tras una noche que se les fue de las manos o, los más aplicados, bebidas energéticas y tapones para los oídos en plena época de exámenes. Me gusta ver sus caras de cansancio ilusionado; me recuerdan a mis propios años en la Facultad de Farmacia, subiendo la Cuesta de la Rúa Nova con los apuntes bajo el brazo.

Pero lo más especial es el silencio que solo rompe el siseo de la lluvia contra el escaparate. Entre cliente y cliente, ordeno el stock de antibióticos y analgésicos mientras escucho el eco lejano de las campanas de la Catedral. Hay una mística extraña en dispensar salud mientras la ciudad descansa. A veces, algún peregrino despistado llega con ampollas que cuentan la historia de ochocientos kilómetros de camino; les curo con gasas y consejos, sintiéndome parte de esa hospitalidad milenaria que define a esta tierra.

Cuando el cielo empieza a teñirse de ese gris perla tan compostelano y los primeros barrenderos aparecen, sé que mi guardia termina. Apago las luces del mostrador, dejando que el relevo se encargue del bullicio diurno. Salgo a la calle y el aire fresco me golpea la cara. Santiago despierta, pero yo me llevo conmigo el secreto de sus noches: que, tras el mostrador, nunca estamos solos.